La pasión de Fedra cautiva en Mérida a nuestros alumnos.

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      El pasado día 24 de abril los alumnos de Humanidades y Ciencias del IES Turgalium asistimos en Mérida a las Jornadas de Teatro Grecolatino, que, como cada año, atraen a un gran número de institutos de distintas localidades del país. 

 

 

 
        El teatro romano no conoce una época determinada, podemos ver en él páginas y más páginas de la Historia milenaria. Con más de 2000 años, sigue cumpliendo con su función; es el prisma a través del cual se refleja la raza humana. Sus piedras son sostenidas por los gritos de Antígona en pos de Polinices; por la cólera de Hécuba y Andrómaca, hechas prisioneras en naves aqueas; por el dolor de Medea tras haber matado a sus propios hijos; por entre sus muros se observa a Electra, que dirige un puñal a Egisto… Obras que son, en definitiva, un aprendizaje espiritual, un recorrido en el que el hombre se desprovee de su ser, de su odio y de su ira y, libre ya de ataduras, se encuentra consigo mismo.

 

 
        Comenzamos con una breve pieza compuesta por dos monólogos en los que Marco Junio Bruto y Marco Antonio desplegaban sus miedos, codicias y anhelos en una Roma próxima al magnicidio de Cayo Julio César. Por medio de los soliloquios, los actores esbozaron las efigies de la tambaleante República: Servilia Cepionis, Atia de la gens Julia, Casio…, y al evocar su recuerdo, configuraron el genial mosaico de conspiraciones, batallas e imperios que fue el año 44 a.C.

 

 
        A continuación, un innovador montaje de la Fedra de Séneca ocupó el escenario.

 

 

 
            En buena medida, el prestigio del teatro romano descansa sobre los hombros de Séneca, y la tragedia “Fedra” se encuentra entre sus logros más notables. El dramaturgo y filósofo de origen cordobés desarrolló en esta obra un tema mitológico ya abordado por Eurípides y Sófocles, y que influiría más tarde en otros autores como Racine. Fedra, enamorada de su hijastro Hipólito, desoye lo que le dicta la razón y, cegada por la pasión, le confiesa su amor. Despechada ante el rechazo de Hipólito, Fedra vuelve a dejarse llevar por un arrebato y calumnia en público a su hijastro. Séneca compone en esta tragedia uno de los personajes femeninos más atractivos del teatro de la Antigüedad: una mujer independiente, fuerte y decidida que, a pesar de sus virtudes, acaba siendo víctima de su irrefrenable pasión humana. Fedra refleja a las mujeres de Roma, cariátides de un Imperio.

 

 

               

 
La obra constituye un análisis de dos modos de entender la vida:
  • Hipólito; casto, enemigo de las pasiones mundanas, frugal amante de la naturaleza y de la caza, es ferviente adorador de Ártemis, y procura vivir conforme al arquetipo de esta diosa.
  • Fedra; una mujer apasionada, ardiente, tempestuosa, poseída por Afrodita y por los designios de esta diosa, ha de caer enamorada hasta la desmesura de Hipólito.
El antagonismo de valores es encarnado por estos dos personajes contrapuestos.

 

 

 
      
    El verdadero eje temático de la pieza es el conflicto entre la razón y la pasión, una dura batalla en la que se alinean en aquel bando Hipólito y la Nodriza y en éste otro Fedra y Teseo, batalla presentada por Séneca con una gran profundidad psicológica, sobre un complejo trasfondo filosófico y con toda una solemne orquestación de recursos declamatorios.

 

       Fedra se convierte en el más grande y genial ejemplo de cómo el poder del mito, de la leyenda, de la historia desnuda de artificios, trasciende su propio tiempo. Las palabras de Eurípides darán eco a las de Séneca; las de este a las de Racine e incluso las de este último, a las de Miguel de Unamuno, que también trabajó con el personaje de la mujer helena.

 

        Y por ello, nos resulta necesario invocar aquí las palabras de la escritora más europea, más romana, más griega y, por ende, más arcaica: Marguerite Yourcenar esculpiría  sobre las rocas de Memorias de Adriano:
“Vendrán las catástrofes y las ruinas; el desorden triunfará, pero también, de tiempo en tiempo, el orden. Las paz reinará otra vez entre dos periodos de guerra; las palabras libertad, humanidad y justicia recobrarán aquí y allá el sentido que hemos tratado de darles. No todos nuestros libros perecerán; nuestras estatuas mutiladas serán rehechas, y otras cúpulas y frontones nacerán de nuestros frontones y nuestras cúpulas; algunos hombres pensarán, trabajarán y sentirán como nosotros; me atrevo a contar con estos continuadores nacidos a intervalos irregulares a lo largo de los siglos, con esa intermitente inmortalidad. (…) Acepto serenamente esas vicisitudes de la Roma eterna”.
 
      El autor latino muestra a una mujer consciente del deber, pero sujeta a los impulsos que la llevarán al castigo mismo de su conciencia y de los dioses. Este debatirse entre ratio y furor es el conflicto central, entre ellos deberá elegir constantemente.
 
      Es Tácito quien nos transmite el sentido de las palabras con las que Séneca se despidió de Nerón antes de partir hacia el forzado exilio en el año 62:
 
Egone equestri et provinciali loco ortus proceribus civitatis adnumeror?
 
¿Acaso yo, que he nacido en una familia ecuestre y provincial,
no me cuento entre los más distinguidos de la ciudad?(Tac. Ann. XIV 53)
 
       Sirvan estas palabras como resumen de lo que fue la vida de Séneca: una carrera vertiginosa desde sus humildes orígenes hasta llegar a ser designado por Agripina, en el año 49, preceptor del futuro emperador Nerón. Quizás a causa de semejante ascenso –y de su brillantez, que no podemos obviar, como abogado, como político entregado a negocios financieros que le reportaron una riqueza considerable, como poeta y como filósofo–, su carrera fue vista con cierta envidia por algunos, de modo que contó con enemigos que fueron, en última instancia, los instigadores de su implicación en la conjura de Pisón, fruto de la cual recibió la orden de morir. Finalmente, se suicidó en el año 65.
 
        Fedra sufre, reconoce finalmente su culpa. Su suicidio será la paga por los males cometidos. Sin embargo, su amor no se rinde; seguirá a Hipólito más allá de la muerte. Su intento de salvación significará la pérdida de su vida.
 
 
 
                                                                  Su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado”
 
                                                                                                           – Francisco de Quevedo y Villegas –
 
 
               Más tarde, los alumnos de griego y latín visitamos el Museo Nacional de Arte Romano, obra de Rafael Moneo Vallés, centro investigador y difusor de la cultura romana.

 

                          


       El origen de las colecciones del Museo Nacional de Arte Romano se sitúa en el siglo XVI cuando don Fernando de Vera y Vargas, señor de Don Tello y Sierra Brava comenzó a formar, en su palacio, una importante colección epigráfica. A partir de estas primeras colecciones y de otros hallazgos arqueológicos en la ciudad de Mérida, habidos entre los siglos XVI y XIX, se crea un primer museo en 1838, institución que radicaría en la iglesia del Convento de Santa Clara. Las siguientes excavaciones arqueológicas conllevarán al incremento de las colecciones del museo y desembocarán, finalmente, en la creación, en 1975, del Museo Nacional de Arte Romano.

 

         

 

 

                   En la actualidad las colecciones del museo recogen más de 37000 fondos. De ellos sobresalen los comprendidos en la sección de escultura, mosaicos y numismática. Asimismo existe una buena representación de objetos de cerámica y vidrio.
 
       Por su parte, los alumnos de ciencias recorrieron los complejos arquitectónicos más destacados de la ciudad emeritense, para acabar dando un paseo en barca por el Guadiana, en los alrededores del Puente Romano.

 

Manuel Rodríguez Avís
2º Bachillerato de Humanidades

 

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