Apolo y Dafne, quintaesencia de la energía y solidez barrocas.

          .
       El grupo escultórico es obra del genial Bernini, heredero del virtuosismo de Miguel Ángel, que lo esculpió entre 1618 y 1625, con poco más de 20 años y junto a otras cuatro esculturas: Eneas y Anquises, El Rapto de Proserpina y El David.

 

                          

 
     Romano por convicción, no por nacimiento –pues su padre era toscano y su madre napolitana-, Gian Lorenzo Bernini es el creador de la Roma Barroca, la que llamamos Roma de los Papas. Una ciudad de moderada extensión, donde todos se familiarizaban. Ocupando solo cuatro de las siete colinas, pero saturada de monumentos, plagada de lazzaroni y prebendados.

 

         Aquel tablero de plazas y callejuelas fue el campo de batalla de Bernini. Han pasado tres siglos y se han fundado capitales de naciones poderosas, mas en ninguna se ha conseguido producir un centro cívico de grandiosidad soberana como el que encumbró a nuestro genio.

 

            Ni los románticos lagrimosos, ni los impresionistas adoradores de la realidad sensible tuvieron para Bernini más que una respetuosa admiración. Los románticos envidiaban su fuerza desbocada y los realistas protestaban ante el gesticular de sus figuras, pues hacía retorcer los cuerpos como por el huracán. Su indiferencia ante las leyes físicas y psíquicas enojaba a aquellos que habían sufrido la estricta disciplina académica. No podían tolerar el apasionado torbellino de las formas. Era como una explosión constante de movimiento, de vida. Lo condenaban por teatral. Y lo era. Pero, ¿es que el teatro no es también el mundo?

 

       Sin Roma no hubiera podido ser Bernini, y sin Bernini no hubiera podido ser Roma más que una capital eclesiástica, cercana a un fanatismo exacerbado, y no la metrópoli de Europa.

 

        Cuenta Ovidio en sus Metamorfosis que Apolo quiso competir con Eros en el arte de lanzar flechas. Eros, molesto por la arrogancia de Apolo, ideó vengarse de él y para ello le arrojó una flecha de oro, que causaba un amor inmediato a quien hiriere. También hirió a la ninfa Dafne con una flecha de plomo, que causaba el rechazo amoroso.

 

       
           Apolo, herido de amor, se lanza en persecución de Dafne. La ninfa corre hasta que, agotada, pide ayuda a su padre, el río Peneo, que determina convertir a Dafne en laurel. Apolo, abrazado al tronco de su deseo, se echa a llorar; y dice: “Puesto que no puedes ser mi mujer, serás mi árbol predilecto y tus hojas, siempre verdes, coronarán las cabezas de las gentes en señal de victoria.
 
        La obra se encuentra en la Galería Borghese, enclavada en los jardines de Villa Borghese, cuyo conjunto conformaba anteriormente la Villa Borghese Pinciana, propiedad de la familia homónima.
 
   
           Apolo y Dafne están representados según los criterios de la idealización clásica; sin embargo, el movimiento que se desprende de la acción en que están inmersos no puede ser más realista. Bernini fue el primer artista que se atrevió a plasmar el movimiento inherente a la propia metamorfosis y captó magistralmente la fugacidad del instante.

 

      Aunque se trata de una escultura exenta, Bernini la diseñó para ser observada desde un punto de vista privilegiado, siguiendo una clara concepción renacentista. El desequilibrio dinámico y anímico entre Apolo y Dafne provoca en el espectador el irresistible deseo de un desenlace pacificador y que Bernini solo insinúa, pero que nunca muestra.

 

        En este sentido, podríamos calificarla como una obra abierta: el espectador se convierte en coautor a fin de que pueda completarla. Bernini estaba interesado en el potencial dramático de la luz, por lo que trabajó la apariencia de los cuerpos puliendo unas superficies para que la luz las acariciara y entretallando otras para que la luz se concentrara y subrayara la tensión emocional. En ningún otro trabajo llevará tan lejos su virtuosismo en el tratamiento de la piel y las texturas.

 

                                              

           El mármol recibe un pulimento que lo hace nacarado, cerúleo, como si no hubiera nunca sido golpeado por la maza y hubiera salido con epidermis sensible de un huevo divino. La avidez con que persigue Apolo a la ninfa, y el cuerpo delicado, deseable, de Dafne, causaron escándalo entre los eclesiásticos que lo admiraban. Se ha dicho mucho acerca de la obra, que podría tratarse de un ataque a la Roma intolerante del XVII, de un homenaje a la cultura clásica y a Ovidio, podría ser la manifestación de un grito de esperanza reformista e incluso de una válvula de escape a consecuencia de la proliferación de arte sacro. Para excusarse, el cardenal Borghese, que lo había encargado, compuso un dístico latino que se grabó en el pedestal:
 
Quisquis amans sequitur fugitivae gaudia formae
fronde manus implet, baccas seu carpit amaras.
Quien, amando, sigue la belleza fugaz con fuego ,
su mano recoge solo hojas y fruto sin dulzor.
 
              La escultura se articula en torno a dos ejes cóncavos paralelos marcados por los cuerpos y que acaban confluyendo en la base rocosa de la que surge la corteza del árbol. El canon de las figuras es el clásico de siete cabezas y media.
 
  
     
              La trayectoria escultórica de Bernini cambió las formas tradicionales y marcó el devenir de la escultura occidental. Sus obras desprenden el dramatismo y la intensidad emocional afines a la espiritualidad de la Contrarreforma. El uso del claroscuro refleja la fuente de la escultura helenística de la que bebe Bernini. El autor toma del periodo helenístico la apariencia de Apolo como un ser andrógino, joven y delgado, además de un peinado casi femenino. Aunque el dios predicaba la virtud griega de la Sofrosina (σωφροσύνη) , la moderación y la sobriedad, Bernini muestra sin tapujos su ambición sexual, lo que le convierte en un claro precursor de la contemporaneidad. La obra que le inspiró fue el Apolo del Belvedere de Leocares.
 
    
            El autor vive tan físicamente, tan fisiológicamente, que la psiquis no aparece. Su fuerte es la acción, el movimiento, temas dinámicos. Lo que se mueve, el suceso interesa a Bernini más que lo que es.

 

 
        Bernini consigue que ante nuestros ojos aparezca un espectacular ballet naturalista, de efectos e ilusiones teatrales, que hace que nos preguntemos si es Dafne o el propio mármol quien se transforma en laurel. La obra se postra hábilmente ante el espectador, ofreciéndole poesía en piedra. Nos anima a observar su historia a través del cristal del tiempo. Bernini esculpe la herencia mitológica, el poder del mito como reflejo del inconsciente colectivo; y nos lo regala. 
 

Soneto XIII – Garcilaso de la Vega

 

A Dafne ya los brazos le crecían,
y en luengos ramos vueltos se mostraba;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que el oro oscurecían.
De áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros, que aún bullendo estaban:
los blancos pies en tierra se hincaban,
y en torcidas raíces se volvían.
Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol que con lágrimas regaba.
¡Oh miserable estado! ¡oh mal tamaño!
¡Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón porque lloraba!
Manuel Rodríguez Avís
2º Bachillerato Humanidades.

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